1983–2026: tenemos que reinventar al profesional técnico
En 1983 nadie tenía un smartphone. No existía Internet como la conocemos. Google no existía. Tampoco las redes sociales. Y hablar de inteligencia artificial pertenecía más al terreno de la ciencia ficción que al de nuestra vida cotidiana.
La computadora personal acababa de aparecer.
IBM había lanzado su PC apenas dos años antes y Microsoft comenzaba a desarrollar el mercado de software que se construiría alrededor de DOS. La computadora empezaba a salir de los grandes centros de procesamiento para llegar a las empresas.
En 1982, el Perú promulgó la Ley General de Educación N.º 23384, que incorporó a los Institutos Superiores Tecnológicos al sistema de educación superior. Esta ley creó el marco que permitió reconocer una nueva vía de formación profesional, más cercana a las necesidades tecnológicas y laborales del país.
Ese mismo año, el 10 de agosto de 1983, el Ministerio de Educación autorizó el funcionamiento de CIBERTEC con una sola carrera: Computación e Informática.
Yo tenía 25 años. Había regresado al Perú tres años antes, después de terminar mis estudios de Ingeniería Civil en Estados Unidos, y había comenzado mi vida profesional como ingeniera. CIBERTEC me llevó entonces por un camino que no había imaginado: dejé la ingeniería civil para convertirme en emprendedora educativa. Esa decisión cambió mi vida.
Mirando hacia atrás, creo que lo verdaderamente importante de aquel momento no fue solo crear el primer instituto especializado en Computaciòn e Informática. Fue algo bastante más profundo: estábamos contribuyendo a crear una nueva categoría profesional para una necesidad que recién empezaba a existir.
Formar para un trabajo que todavía no existía
Las empresas comenzaban a incorporar computadoras y necesitaban personas que pudieran convertir esa nueva tecnología en soluciones concretas.
Necesitaban programadores, operadores y especialistas capaces de procesar información y desarrollar sistemas.
Se necesitaba otro tipo de formación: más corta, práctica y directamente conectada con las necesidades del empleo.
Ahí estaba el espacio para el profesional técnico.
En 1986 se graduó la primera promoción de CIBERTEC: nueve profesionales técnicos en Computación e Informática.
Solo nueve.
Pero estaban ingresando a un mercado que crecería exponencialmente durante las siguientes décadas.
El contexto peruano hacía que esa oportunidad fuera todavía más relevante. A comienzos de los años ochenta, aproximadamente uno de cada diez jóvenes accedía a la educación superior. En un entorno de desempleo juvenil de 15.6%, CIBERTEC llegó a alcanzar una empleabilidad formal cercana al 100%.
La educación superior tecnológica representaba algo muy concreto: oportunidad.
La posibilidad de acceder en relativamente poco tiempo a una profesión que el mercado necesitaba y, a través de ella, al empleo y al progreso económico.
Una paradoja que todavía no hemos resuelto
Cuarenta y tres años después, el mundo es otro, el Perú es otro.
CIBERTEC también.
Hoy tiene alrededor de 25,000 estudiantes, más de 30 carreras profesionales técnicas o de bachillerato y una oferta en la que aproximadamente el 80% es online. Existen seis ciclos de ingreso al año y la edad promedio de nuestros estudiantes es de 30 años.
Esto último me parece particularmente importante.
El estudiante de educación superior ya no es solo un joven de 17 o 18 años, recién egresado de educación secundaria, que elige una carrera que espera ejercer durante el resto de su vida.
Es también una persona que trabaja. Que necesita actualizarse. Que quiere cambiar de especialidad. Que debe adquirir nuevas competencias. Y que probablemente tendrá que reinventarse profesionalmente varias veces durante su vida.
Sin embargo, seguimos arrastrando una paradoja.
Mientras 76.6% de los perfiles requeridos por el mercado laboral formal son técnicos, en el Perú tenemos aproximadamente tres universitarios por cada profesional técnico.
¿Por qué seguimos formando perfiles en una proporción tan distinta de la que demanda el mercado?
Hay varias explicaciones.
El título universitario continúa siendo para muchas familias un símbolo de estatus social y progreso económico. Existe una importante asimetría de información sobre las oportunidades reales de empleo y remuneración de las diferentes opciones formativas. Y también debemos reconocer que la calidad de la educación superior tecnológica en el Perú es todavía muy heterogénea.
Por eso, después de cuatro décadas, seguimos teniendo pendiente la tarea de revalorizar al profesional técnico.
Pero creo que hoy el reto es aún mayor.
Porque mientras tratamos de resolver esta brecha, el mundo volvió a cambiar.
De la PC a la inteligencia artificial
Cuando pienso en 1983 y miro el 2026 encuentro un paralelismo difícil de ignorar.
Entonces era la computadora personal.
Hoy es la inteligencia artificial.
En aquel momento nos preguntábamos qué iba a suceder cuando las computadoras llegaran a las empresas. Hoy nos preguntamos qué ocurrirá cuando la inteligencia artificial esté incorporada prácticamente en todas las actividades profesionales.
¿Qué empleos van a desaparecer? ¿Qué tareas serán automatizadas? ¿Qué profesiones dejarán de existir?
¿Qué podrán hacer las personas con inteligencia artificial que antes no podían hacer?
La IA reemplazará determinadas tareas. Pero también aumentará extraordinariamente la capacidad de las personas para analizar información, producir, diseñar, programar, diagnosticar problemas, atender clientes, tomar decisiones y crear.
Por eso no creo que el desafío de la educación profesional técnica sea simplemente enseñar inteligencia artificial.
Es formar personas capaces de co – crear valor y soluciones con ella.
Ya no basta con saber hacer
Durante décadas una de las grandes fortalezas de la educación tecnológica fue enseñar a hacer.
Frente a una formación universitaria predominantemente teórica, la educación superior tecnológica ofrece conocimientos aplicados, prácticos y una conexión mucho más directa con el trabajo.
Eso sigue siendo indispensable.
Pero ya no es suficiente.
Si formamos a una persona solamente para ejecutar correctamente una tarea o un procedimiento, podemos estar preparándola precisamente para la tarea que una máquina será capaz de realizar.
El profesional técnico que necesitamos ahora tiene que combinar competencias técnicas con competencias humanas.
Debe dominar las herramientas de su especialidad y saber trabajar con tecnología, datos e inteligencia artificial.
Pero también debe saber analizar, cuestionar, resolver problemas, comunicarse, colaborar, adaptarse y aprender continuamente.
Debe tener iniciativa y criterio.
Y debe comprender algo particularmente importante en un mundo en el que una máquina puede generar respuestas en segundos: la responsabilidad por las decisiones sigue siendo humana.
Paradójicamente, mientras más poderosa se vuelve la tecnología, más valiosas se vuelven nuestras capacidades humanas.
¿Y si también tenemos que reinventar la educación?
Aquí está, para mí, la pregunta más difícil.
¿Podemos formar al profesional técnico del futuro con el mismo modelo educativo con el que formamos al profesional técnico del pasado?
Creo que no.
Si el trabajo se está transformando, la educación también tiene que hacerlo.
Necesitamos una formación mucho más flexible, online e híbrida, que permita aprender desde distintos lugares y en diferentes momentos y a lo largo de toda la vida laboral.
Una formación que no obligue necesariamente a elegir entre estudiar o trabajar.
Una formación a la que una persona pueda regresar una y otra vez para incorporar nuevas competencias.
Y, sobre todo, necesitamos dejar de organizar la educación alrededor de cursos y contenidos que queremos enseñar y más bien organizarla alrededor de competencias técnica y humanas que potencien las habilidades para crear valor y soluciones en el mundo del trabajo de hoy.
Volver a empezar
Tengo una fotografía de la graduación de aquella primera promoción de CIBERTEC de 1986.
Son nueve jóvenes.
Cuando la miro hoy y pienso en los 25,000 estudiantes que tiene CIBERTEC, veo mucho más que el crecimiento de la institución que co-fundé.
Veo cómo una necesidad que apenas comenzaba a aparecer terminó convirtiéndose en una importante y relevante categoría profesional.
Y eso me hace pensar que quizá la historia nos está dando otra oportunidad.
En 1983 no sabíamos exactamente hasta dónde nos llevaría la computadora personal. Pero entendimos que iba a cambiar el trabajo y que necesitábamos formar personas capaces de aprovechar esa transformación.
En 2026 tampoco sabemos exactamente hasta dónde nos llevará la inteligencia artificial.
Pero sabemos que va a cambiar el trabajo.
En 1983 formamos profesionales técnicos para empleos que estaban empezando a existir.
En 2026 tenemos que volver a hacerlo.
Es tiempo de redefinir qué significa ser un profesional técnico en la era de la inteligencia artificial.

Mariana Rodriguez Risco
- Twitter: @mrodriguezrisco
- LinkedIn: https://www.linkedin.com/in/mariana-rodriguez-risco
- Blog: http://marianarodriguezrisco.com
