Civismo

Pasé siete horas observando la elección el Domingo 7 de Junio. Esto fue lo que realmente vi.

Mariana Rodriguez

 

Mientras la mayoría pensaba en ir al local de votación para cumplir con su deber electoral, miles de ciudadanos ya llevaban horas trabajando para que la elección pudiera realizarse.

Mi experiencia como observadora voluntaria de Transparencia en la segunda vuelta presidencial de 2026 me permitió ver de cerca algo que pocas veces ocupa titulares: la enorme cantidad de personas anónimas que hacen posible nuestra democracia.

También vi fallas y oportunidades de mejora.

Pero sobre todo vi civismo y la falta de él.

 

5:30 a.m. — Me siento una observadora experimentada

Reviso mi checklist. Esta vez llevo una botella de Gatorade para evitar la deshidratación, una libreta para anotaciones y una batería extra para asegurar que podré ingresar mis reportes a la plataforma de Transparencia.

Después de participar en la primera vuelta, me siento una observadora experimentada.🙂

 

6:00 a.m. — Hay esperanza

Todavía es de noche cuando llego al local.

Rápidamente ubico a Felipe, un joven de 25 años que supervisa a los nueve observadores de cada turno. Me entrega mis credenciales, el mandil azul y la lonchera.

El entusiasmo es contagioso.

Me alegra reencontrarme con Giovanna, observadora también en la primera vuelta. Pero lo que más me llama la atención son tres estudiantes de colegio con el mandil azul de Transparencia.

Converso con ellos.

Son voluntarios porque quieren estudiar carreras vinculadas a la política.

Pienso: Hay esperanza.

Esta vez no hay periodistas ni cámaras. En la primera vuelta, Rafael López Aliaga votaba en este local y era candidato presidencial. Ahora el local ha perdido protagonismo.

 

7:30 a.m. — ¿Dónde están los miembros de mesa?

De las 55 mesas que debo supervisar, 16 aún no tienen a todos sus integrantes y seis permanecen completamente vacías.

Nadie ha llegado.

Es imposible no preguntarse cómo puede ocurrir esto cuando cada mesa tiene titulares y suplentes designados.

Sin embargo, conforme avanzan las horas, empiezo a ver algo que me acompañará durante toda la mañana: ciudadanos resolviendo problemas que otros dejaron.

 

9:00 a.m. — El héroe de la jornada

Escucho una y otra vez a los coordinadores intentar convencer a las personas que ya hicieron cola para votar.

—Señor, señora, joven, quédese. Si usted no acepta integrar la mesa, esta podría no abrirse.

La mayoría responde que no.

Hasta que aparece un señor que había llegado temprano porque debía cambiarse una sonda médica.

Al enterarse de que su mesa no lograba completarse, regresó a su casa, realizó el procedimiento y volvió para asumir la función de miembro de mesa.

No lo hizo por obligación.

Lo hizo porque entendió que sin ciudadanos dispuestos a asumir responsabilidades, la democracia simplemente no funciona.

 

11:30 a.m. — Los rostros del civismo

Como todo parece estar funcionando razonablemente bien, me dedico a orientar votantes. Es que la señalización del local está nuevamente errada. El número de aula del padrón, no coincide.

A estas alturas ya sé dónde están las 55 mesas.

Veo a una señora de 94 años recorriendo el local acompañada por su hijo, DNI en mano.

Ayudo a un ciudadano parapléjico en silla de ruedas.

Oriento a un señor que se desplaza con muletas.

No se por quién van a votar.

Ni me importa.

Lo que veo es algo más importante: personas que, pese a la edad o las dificultades físicas, consideran que votar es una responsabilidad.

 

12:00 p.m. — Cuando la ciudadanía funciona

Un presidente de mesa me busca.

—Venga, nos han marcado una cabina de votación.

Los miembros de mesa habían observado una conducta sospechosa. Actuaron de inmediato, dieron aviso a la ONPE y el Ministerio Público tomó nota.

Lo que me llamó la atención no fue el incidente.

Fue la rapidez con la que ciudadanos comunes detectaron el problema y activaron los mecanismos de control.

A veces olvidamos que la transparencia de una elección no depende solamente de las instituciones. También depende de miles de ojos atentos haciendo correctamente su trabajo.

 

12:45 p.m. — Los tres escolares

Al terminar el turno, nos reunimos para intercambiar impresiones.

Los tres estudiantes de colegio que conocí al amanecer siguen allí.

Pero algo ha cambiado.

—Nos insultaron —cuentan.

Algunas personas los llamaron vendidos, tramposos y mentirosos.

Los felicitamos por mantener la calma y seguir adelante.

Pienso entonces que ser observador electoral tiene un costo.

Uno termina convirtiéndose en receptor de la frustración, la sospecha y la polarización.

Y sin embargo, allí estaban los 3 jovencitos.

Con el mandil azul puesto.

Cumpliendo su tarea.

Creyendo que vale la pena involucrarse.

Y vuelvo a pensar lo mismo que pensé cuando los conocí horas antes:

Hay esperanza.

 

Después de siete horas recorriendo 55 mesas, llegué a una conclusión sencilla: la democracia peruana no se sostiene únicamente por la fortaleza de sus instituciones. Se sostiene por la decencia cotidiana de miles de ciudadanos anónimos.

Quizás hemos hablado demasiado de nuestros desacuerdos y demasiado poco de las personas que, silenciosamente, hacen que el país siga funcionando.

Ese día volví a casa convencida de algo:

Todavía hay esperanza.

Y esa esperanza tiene nombre: civismo. Hagamos lo necesario para recuperarlo.




Mariana Rodriguez Risco


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